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Historia de una vaca

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Una mañana de primavera, un maestro y su discípulo salieron a caminar por el campo. Llevaban ya varias horas de caminata cuando divisaron, asomada a un barranco, una modesta casa. Cerca de ella, pacía una vaca, completando el bucólico paisaje. El maestro decidió dirigirse a la vivienda, y pedirle a sus moradores un vaso de agua para calmar su sed, y la de su acompañante.
 
 
Llamaron a la puerta, y fueron recibidos por una encantadora señora, quién rápidamente les sirvió agua fresca, y unos bizcochos caseros, tibios y crujientes.
Mientras reponían fuerzas, el maestro le preguntó a la señora a qué se dedicaban, cuáles eran sus medios de vida, en una región tan apartada. Ella, con tono suave y pausado, le respondió que tenían una vaca, que ellos seguramente habrían visto al llegar, que les daba leche, con la que se alimentaban y fabricaban queso para su consumo y, cuando les sobraba, iban hasta el pueblo y los vendían. Eso, y una huerta que cultivaban, les aseguraba el alimento que su tranquila existencia requería. “No tenemos casi nada, pero necesitamos menos. Estamos cómodos.”, dijo, a modo de conclusión, la gentil señora.
Luego de despedirse y agradecer, retomaron su rumbo colina abajo. Al acercarse al barranco, junto al cuál la vaca continuaba paciendo tranquila, el maestro le dijo a su discípulo: “Empuja la vaca al barranco”. El joven no daba crédito a sus oídos. “¿Cómo, maestro?” preguntó alarmado. “Que arrojes la vaca al barranco”, fue la terminante respuesta.
Vanas fueron las protestas, los ruegos, las argumentaciones sobre el futuro de esa pobre gente si perdía la fuente de su sustento. Vencido y angustiado, el discípulo cumplió la orden. Y ya no hablaron más durante ese día.
Pasaron los años. El joven se hizo hombre y prosperó. Pero nunca olvidó lo acontecido esa mañana. Siempre se preguntaba que habría sido de esa pobre gente, sin la vaca.
Un día, se encontraba relativamente cerca de aquella casa del barranco. Y decidió ir hasta allí y sacarse las dudas y, si hacía falta, contarles la verdad y pedir perdón, arrepentido.
Pero no encontró la casa. En su lugar, una enorme planta industrial daba muestras de incesante actividad y progreso. Imaginó que los pobres habitantes de la humilde vivienda, vencidos por el hambre y las deudas, habrían abandonado la región, malvendiendo el terreno que ahora ocupaba la planta industrial.
Ya se alejaba cabizbajo cuando, detrás del edificio de oficinas, divisó una enorme y moderna casa, que imaginó ocupada por el Director General de la fábrica.
Quiso quitarse las dudas y llamó a la puerta. En la elegante dama que lo recibió, creyó reconocer a la mujer que aquél lejano día sació su sed y la del maestro. Sin entender nada, le contó quién era, y la mujer, no sin esfuerzo, recordó al joven. Se alegró mucho el visitante por la evidente prosperidad que había llegado a la vida de su benefactora, y quiso conocer las razones de semejante bonanza.
Y la señora le contó: “Aquél día que ustedes estuvieron en casa pidiendo agua, fue trágico. Nuestra vaca cayó por el barranco. Desesperados, sin la seguridad que ese animal nos brindaba, decidimos trozar la carne de sus despojos y, con eso y dos quesos que nos quedaban, fuimos al mercado del pueblo a vender la mercancía. Vendimos todo a buen precio, y mi marido, al caer la tarde, decidió invertir todo en leche, que compramos muy barata porque, a esa hora, ya lo que no se vendía, se tiraba. Así empezamos una nueva vida. Transformamos toda esa leche en queso. Cuando los vendimos, nuevamente fabricamos quesos. Al tiempo, el pueblo ya no podía consumir todo el queso que fabricábamos, y empezamos a ir dos días por semana al pueblo vecino. Nuestros quesos fueron haciéndose conocidos, y un pueblo siguió a otro. Hoy somos la tercera fábrica de quesos del país y empleamos a muchos jóvenes que así tienen un futuro y no deben emigrar. Y todo porque esa tonta vaca cayó al barranco y nos puso en movimiento”
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