Action Coach

1953

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No pensaba llegar a viejo, tan joven… Cuando escucho ese número, los recuerdos se arremolinan, como una manada de lobos hambrientos, color sepia. Cuatro cifras que, aisladas o invertidas, no significan nada y, sin embargo, en ése orden preciso, lo son todo. Uno-nueve-cinco-tres. Mil novecientos cincuentra y tres.
 
Porque el inicio todo lo contiene. Sin él, nada de lo posterior, existiría. Si extirpamos de una vida un evento al azar, la misma no pierde su sentido, sólo un componente, mayor o menor, pero que no la invalida. El comienzo, por el contrario, es imprescindible, fatalmente necesario, absoluto. Era invierno, dicen que más fríos que los actuales, aunque yo no lo registré. Como a nada de esos primeros años, aquellos en que sólo somos un apéndice, torpe y frágil, de la nave nodriza. Sin ella, cuando éramos criaturas salvajes en la sabana africana o en la cueva oscura, no hubiésemos sobrevivido. Hoy, la ciencia y el progreso humanos, garantizan la sobrevida del huérfano recién nacido. Pero no han sido capaces de evitar que nos transformáramos en seres más salvajes que aquellos ancestros… Con los años comprobé que la vida tiene sabores. Los primeros fueron dulces, plenos de experiencias reveladoras, contenido por una familia que por entonces se consideraba normal, aunque hoy ya no sepa qué significa eso. Un padre super héroe en casa, como correspondía a una infancia sin televisor, cuya ausencia cubrían horas interminables de juegos en un patio inmenso, que el paso del tiempo encogió inexplicablemente. Madre ama de casa, especie extinguida que encontraba su realización en una mesa bien servida y una familia que la idolatraba, aunque de esto nos enterásemos mucho después, cuando ya era tarde. Mi abuela, que vivía con nosotros, simbolizaba las raíces, los orígenes de la familia, era la guardiana de las tradiciones y la corte suprema de los diferendos con mi hermana, la dueña de las recetas de esos platos que algún ingrediente secreto debían de tener, como la Coca Cola, ya que nunca volví a saborearlos. La Coca Cola, proscripta en ese tiempo en mi ciudad, era reemplazada por la Bidú Cola, aunque sólo se conseguía los fines de semana, y eso, si nos habíamos portado bien… En esa casa, siempre había gente. Desde un tío solterón que vivió allí un tiempo, dotado de una fascinante imaginación que llenó nuestra niñez de historias de la selva en las que él, invariablemente, era el héroe de las aventuras, a parientes y amigos que pasaban por la ciudad, o necesitaban un techo temporalmente, hasta que las cosas mejoraran. Años de escuela y calles empedradas, viajes interminables en autos ruidosos y con aire…proveniente de las ventillas abiertas que lo dejaban entrar, huracanado, caliente y pegajoso, y era presagio de vacaciones en playas lejanas y casi desiertas. El barrio era el mundo que conocíamos, y no hacía falta más. Vecinas sin sexo ni edad, que oficiaban de tías suplentes cuando la ocasión lo requería, nos llamaban por nuestro apodo y tenían permiso indiscutible para aplicar su autoridad, y hasta algún coscorrón formativo, ante los desmanes en que a veces se transformaban los picaditos callejeros, de vereda a vereda, y con dos portones de garaje por arcos. Los comerciantes de la zona nos fiaban por portación de apellido, no había Veraz que consultar, ni era necesario, todos nos conocíamos. Crecimos impulsados por las ganas de usar pantalones largos e ir al cine con amigos, en el centro, que era un territorio a descubrir, más allá de las columnas de Hércules. Esa singladura, sin saberlo, como Colón al arribar a América, nos depositó en la adolescencia. Tiempos borrascosos, en los que transformamos en villanos a nuestros padres, no tanto por diferenciarnos como pregonan los sicólogos, sino más bien por temor a fallarles, a no estar a la altura de lo que creíamos que esperaban de nosotros. Un día descubrimos que sólo esperaban que fuésemos felices, pero ya no estaban, habían partido, y nos quedamos huérfanos acariciando esa foto descolorida, que nos los traía jóvenes y potentes, con la seguridad que da saber que queda mucho por delante, como ya casi no los recordábamos. La juventud nos regaló una primera novia, con la que aprendimos los errores que repetiríamos toda la vida. A fuerza de sus lágrimas fuimos forjando este carácter que terminó de cincelar su olvido. Es que entonces no sabíamos que, cuando la hacíamos llorar, había otros esperando su momento para hacerla sonreir. Conseguimos superar el desengaño, o eso creímos, a fuerza de otros besos que olvidamos antes de conocerlos; amores pasajeros, borrosos y casi anónimos, que aportaron el cinismo necesario para construir el hombre en que nos transformamos. El hombre que llegó, como todos, a este momento. Maltrecho, con sus ilusiones juveniles hecha jirones, de harapos vestidos sus sueños. Pero aún en pie. Como aprendió de quienes le precedieron. Conservando un destello de brillo en su mirada, presto a saltar sobre la vida en cuanto ésta se descuide, y ser feliz, como hace tanto le pidieron…
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