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Noche cálida de septiembre

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 No era una noche más. Los cofrades de Falcon se reunían ese martes para celebrar una fecha importante: la llegada, hace diez años ya, de la nave insignia del lugar, la doncella mágica, la voiture silencieuse, la Delaunay, nombre abreviado con el que los íntimos nos referimos a ese portento de la ingeniería de principios del siglo XX.
 
 
Desde su llegada fue algo especial: su imponente gravedad, la nobleza de sus maderas, cueros y bronces, la potencia de su mecánica soberbia, contrastaban con su andar de gacela. Era como esos nobles europeos, que aunaban la fuerza del carácter y la fineza de sus modales.
Pero siempre tuvo un halo de misterio rodeándolo. Tal vez por sus orígenes muy cercanos a la Gran Guerra, que abortó temprano su uso normal en sus años jóvenes; o acaso por su pasado de automóvil del Zar de Rusia, aquél de la trágica y romántica leyenda y, con toda seguridad, por sus largos años de olvido en un castillo de la campiña francesa.
Anoche, su noche, el Delaunay brillaba como invitándonos a integrarlo a la tertulia. Empleando conjuros que sólo él conoce, logró que la charla transcurriera por derroteros nuevos: la vida que guardan los objetos, su importancia como depositarios de porciones de la historia, su vigencia como máquinas del tiempo, transportando al que los toca a un pasado que el viajero sólo conoce parcialmente.
Al finalizar la cena, nos convocó a su lado. Obedientes, lo rodeamos con respeto y afecto, los más osados a bordo del cockpit, jugando al chauffer del inmóvil templo.
En ese momento, el hechizo tomó fuerza y Alberto, ese hacedor de sueños que a menudo nos deslumbra con nuevas experiencias, tradujo la voluntad del noble bruto impulsando la manivela de arranque, dándole vida al motor que en un susurro invitaba al viaje en el tiempo.
Franqueada la salida del Garage, nueve hombres adolescentes tripulábamos el auto en un tour mágico y misterioso. A medida que el vehículo ganaba metros, los ocupantes sufríamos cambios impresionantes: las canas desaparecían en pobladas cabelleras, los músculos cansados recuperaban la tonicidad de otros tiempos, las risas de niños alegres dejaban entrever blancas dentaduras juveniles, las arrugas habían sido reemplazadas por pieles tersas, ávidas de brisas marinas.
Y el grupo fue creciendo notablemente: a poco de andar subieron unos niños rubios, vestidos de marineritos, con todo el aspecto de iniciar el camino a sus vacaciones en Niza y sus playas; sus padres los acompañaron enseguida, ataviados con trajes veraniegos de hilo y sombreros de rafia, charlando apaciblemente sin que nuestra presencia los incomode. La oscura calle del triste suburbio rosarino fue mudando de aspecto y, desaparecida ya toda frontera de tiempo y espacio, rodábamos al rato por un serpenteante camino rural de la Provence, rumbo al sol, alegres y despreocupados.
Al volver a la realidad del Garage, recobramos nuestro aspecto, pero ya no éramos los mismos. Un brillo especial en nuestros ojos delataba la experiencia extrasensorial vivida. A lo lejos, me pareció que el bronce de un radiador redondo ahora alojaba una sonrisa. Y el niño que palpitaba oculto en mi pecho, no veía la hora de correr a los brazos de mi padre a contarle la historia de una noche en que un auto nos transportó en el tiempo.
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