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Pueblo perdido

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A Fisherton, en el 125° aniversario de su fundación
 
País de horizontes verdes, paisaje tranquilo de villa serrana que se extravió en los confines llanos de la ciudad recostada en el río.
 
 
Naciste fruto de la nostalgia de los ingleses del ferrocarril, que en los bolsillos traían retazos de sus aldeas y su cultura. Al marcharse, dejaron olvidado este pueblo británico de pescadores sin barcas, que hicimos nuestro.
Una iglesia, austera e imperturbable, la estación de trenes en la que la siesta se adueñó del tiempo, el severo club de Golf, asomado al Ludueña, y algunas mansiones solariegas, dispersas y elegantes, salpicaban el paisaje bucólico de la pampa criolla, en los comienzos.
Poco a poco, otros gringos fueron incorporándose. A los flemáticos ingleses que quedaron varados en el naufragio del Imperio, se les sumaron los yankees que llegaban, ruidosos y confiados, a dirigir las fábricas del poderoso cinturón industrial que crecía alrededor de Rosario, y buscaban, en el pintoresco barrio, alguna cercanía con sus orígenes e idioma.
Una nueva tormenta se llevó esas industrias, y con ellas, los americanos partieron. El prodigioso futuro que avizorábamos, se nos escurrió entre los dedos; quedamos aturdidos e inertes.
Entonces, fuimos llegando los otros. Sin antepasados británicos ni apellidos musicales, tímidamente, los hijos de la inmigración más variada, nos fuimos acercando al pueblo inglés de las afueras. Y, como los primeros pobladores, quedamos atrapados en sus calles arboladas de sereno entorno, que en mayo se doran con soles propios de amistoso fuego, y en verano revientan en mil tonos verdes, frescura vegetal que invita al sosiego.
Crecimos en calles desiertas y anchas, con puertas abiertas y tardes sin fin. Los patios de la escuela daban a los nuestros, los deberes se mezclaban con los juegos y, en la secundaria, el teorema de Pitágoras terminaba en los ojos de esa compañera nueva que recién llegaba al barrio, y nos quitaba el sueño.
Amistades infantiles que se hicieron eternas, el tiempo ha intentado en vano separar los cuerpos que partieron por mil caminos, pero siempre regresan. Quien respiró tu aire fue presa del embrujo, la telaraña, perfumada por mil jardines en las primaveras, atrapó el alma juvenil, y quedamos prisioneros de esas noches mansas de charlas y risas, que el amanecer disipaba apenas.
Llegué, tímido, un verano, con más dudas que certezas. Y ya no pude marcharme.
Te habita el fantasma de mi juventud, ése que una y otra vez regresa a caminar tus calles tranquilas, doradas de hojas de otoño que, como el que fuí, han muerto sin saberlo.
Dicen que uno pertenece al lugar dónde dejó su primer beso. En calle Morrison existe un rincón secreto en el que quedó el mío, enredado en los ojos claros de una adolescente rubia, esos que una mañana veló una lágrima, cuando aprendimos que el amor no es eterno, pero casi.
Fuiste remanso final de mis padres, que en tu paz encontraron la suya; del brazo de mi madre caminé tus veredas en sus últimos pasos, y mis hijos, que trajinan el mismo césped que yo hace tiempo pisara, no conocen otro paisaje más suyo que éste, su pueblo.
Se hilvanan mil historias como ésta en tus muros. Hoy, la nieve que viera cubrirte una tarde mágica de julio, anidó en mi cabello; llegará algún día el final de la jornada. Sereno, esperaré ver ponerse el sol detrás de las copas de mis árboles, como tantas veces lo viera. Y cerraré mis ojos, feliz de haberte encontrado en mi camino, pueblo inglés perdido tan lejos.
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