Action Coach

Confesión de parte

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Escribimos para calmar la ansiedad, para que no nos consuma el fuego voraz de la rutina.
Para no pasar desapercibidos en la multitud sin rostro ni esperanza, que nos condena al olvido.
 
Mientras esperamos, ateridos, la próxima primavera que reivindique las hojas muertas del pasado otoño, escribimos.
Y por ese adolescente de ojos azules que murió temprano y se llevo con él los colores, aunque no pueda leernos, para él, escribimos.
Por parir esos versos que se amontonan en el canal uterino de nuestros dedos aferrados a la pluma, temerosos de caer en un mundo que no los espera.
Para gastar tinta en lugar de balas, y matar con un poema de calibre treinta y ocho, y en defensa propia, al asesino de nuestros sueños juveniles, que nos dejó huérfanos de ilusiones aquella mañana.
Escribimos por confesión y penitencia, abrasados por ese recuerdo que atenaza la garganta y debemos exorcizar con la cruz de nuestra historia y la corona de espinas de una culpa inconfesable.
En el desierto insoportable de arena y temor incandescentes en que se ha convertido el mundo, las palabras que amontonamos hilvanan arroyos de agua fresca, limpian heridas de pronóstico sombrío, acortan la noche del insomne que sueña con el alba.
Algunos, seguramente, escribimos para ser inmortales, esperanzados que un lector desconocido abra la tapa del ataúd de tapa dura y hojas ya amarillas, y nos devuelva la vida hasta que los primeros rayos del sol atraviesen los cristales de la ventana, y la estaca se clave en el corazón y volvamos a la tumba del estante más lejano de la biblioteca.
Pero todos, creo, escribimos para una persona, singular y esquiva, con el deseo inconfesable que algún día caiga en sus manos esta página y ella, caídas las defensas, por fin, nos lea.
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