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La escalera al éxito

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Anxo Pérez es uno de esos hombres orquesta que parece contar con días de 96 horas, o más. Domina nueve idiomas, tiene cinco títulos universitarios, ejecuta seis instrumentos musicales (evidentemente es un hombre orquesta) y es cantautor. Además, actuó en cine y televisión, fue intérprete en el Senado de Estados Unidos, en el FBI, traductor simultáneo de Barack Obama y profesor en la James Madison University, en Virginia. Y, por si esto fuera poco, es muy joven.
 
¿Cómo lo hace? En su libro Los 88 peldaños ofrece su receta de cómo lograr los objetivos que uno se propone, tanto en el ámbito laboral como en el personal.
Entre sus enseñanzas, destacamos “la cultura del sí”, que consiste en ver soluciones donde todos ven problemas: “es no tener miedo a caer, sino a no levantarse”, dice convencido que hay que dinamitar la palabra “pero”.
 
Parte del supuesto que todo el mundo tiene alguna condición especial para hacer algo que dejaría al resto con la boca abierta. Propone, entonces, no cejar en la búsqueda, hasta descubrir aquello en lo que sobresalimos. Y una vez detectado, extremar el esfuerzo para alcanzar el máximo potencial en esa cualidad. “El problema no es no tener una mina de oro, en ese caso no habría nada que lamentar. Lo imperdonable es tener una mina de oro en tu propiedad y no haber extraído el oro”, dice sin atisbo de duda.
 
Algunas frases de Anxo:
 
“Si das diez cuando podrías dar cien, no ganaste diez, perdiste noventa”
“Que las utopías no puedan conseguirse no significa que no deban buscarse”
“Los tesoros se encuentran fuera de casa”
“Las tormentas no se combaten, sólo se atraviesan”
“La adversidad es el mejor entrenador”
“No invertir en corregir lo malo, invertir en explotar lo bueno”
 
Y para finalizar, una reflexión basada en la última cita de Anxo: me trajo a la memoria aquella madre a la que la maestra de su hijo citó para decirle que el niño había obtenido un diez en Dibujo, pero un dos en Matemática. La señora, muy afligida, respondió que al otro día, sin falta, enviaría a su hijo con un profesor particular de matemática para que recupere lo perdido. La maestra, sonriente, le dijo: “No haga eso, por favor. Su hijo tiene un diamante en bruto: mañana mismo envíelo con el mejor maestro de dibujo y pintura que encuentre en la ciudad”.
 
¿Qué te parece? Interesante, ¿no?
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