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El atajo

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Caminaban despacio, esquivando algunos charcos que la triste llovizna otoñal había olvidado en el sendero, mientras la tarde se alejaba, cabizbaja, rumbo al ocaso que, una vez más, la había despojado de los retazos de claridad que, inútilmente,  habían intentado esconderse entre las ramas de los cipreses.
El silencio imitaba la voz de los fantasmas que, eufóricos, celebraban su victoria al llegar la oscuridad. Un farol lejano se obstinaba en arrojar hacia los caminantes su luz cenicienta, convirtiéndolos en sombras tempraneras reptando entre cruces y lápidas marchitas que, hacía mucho, habían olvidado los nombres borroneados, las fechas perentorias, las flores ausentes.
-“Tengo miedo”- Susurró la sombra más baja, mientras presionaba sus manos en los bolsillos y apretaba los codos contra el cuerpo, en un inútil esfuerzo por dominar los escalofríos que, a intervalos, lo sacudían.
El más alto ignoró el comentario y apresuró el paso, como si la prisa fuese un talismán contra los malos pensamientos. Comenzaba a arrepentirse de haber escogido ese camino para volver a casa. Pensó que llegarían allí con buena luz, todavía, pero el gol gana prolongó el partido más de la cuenta, y cuando abandonaron el campito, la noche era más que una promesa, avanzando hacia ellos.
-“Tengo miedo”- repitió Fabián, casi como un ruego, y sus siete años hablaban así de ausencias cercanas, de dolores perennes, de partidas que lo acompañarían para siempre.
Esta vez, el hermano mayor apretó su brazo contra el hombro del pequeño, atrayéndolo aún más hacia su costado protector. Las sombras, obedientes, se fundieron y fueron una sola, como la tristeza de los niños que, sin saberlo, compartían el recuerdo lacerante.
-“Estamos cerca, ¿no es cierto?”-, preguntó esforzándose por disimular el sollozo que trepaba desde su garganta.
-“Si”- respondió esta vez el otro, señalando hacia la penumbra que esfumaba las siluetas de algunos árboles. –“No alcanzás a ver la lápida porque está detrás de aquel arbusto grande, al lado del banco claro”.
-“¿Podemos acercarnos? Quiero saludarla.”- se escuchó decir, y el más sorprendido fue él mismo.
-“¿Ahora, Fabián? Nunca quisiste venir, ni siquiera al entierro, y querés ir ahora, que ya es casi de noche, ahora, que hasta yo tengo un poco de miedo…”
-“Es que ya no hay nadie acá, debe estar muy sola, pobre. Ella se ponía siempre triste al atardecer, ¿te acordás? Decía que era la hora del olvido, o algo así. Yo no entendía lo que quería decir, pero me parece que ahora sí.”
Pasaron un álamo taciturno y torcieron a la derecha, abandonando el sendero de grava y adentrándose en el terreno cubierto de césped y salpicado de cruces y flores marchitas que custodiaban los adioses olvidados, los besos demorados, las caricias apagadas como el día que acababa de morir.
Algunos pasos más allá, el mayor se detuvo ante una lápida que gritaba su novedad en el estado de las letras, y la frescura del ramo que estallaba en el florero, hablaba de dolores nuevos, de heridas abiertas hacía poco, de olvidos aún ausentes.
Fabián se agachó lentamente, como queriendo no ahuyentar ese valor desconocido que lo había llevado hasta la tumba nueva. Su mano tocó la lápida y la sintió fría, como recordaba la piel de su madre la noche aquella, la de la despedida. Se acostó en el suelo húmedo y sus lágrimas se confundieron con el rocío. Lloraba ahora, abrazado a la tierra que le había arrebatado la presencia más querida. La noche se hizo dueña del lugar, y de su voluntad. Los minutos se acumulaban en un desesperado intento de transformarse en hora, y el dolor fue cediendo paso a una sensación nueva, un cálido soplo que, extrañamente, lo confortaba y le dejaba la promesa que su alma maltrecha deseaba sentir. 
Permanecieron todavía un buen rato, abrazado Fabián a la madre tierra, erguido  el otro, en respetuosa espera. Cuando por fin se levantó, llevaba en la mirada un brillo nuevo, y aunque su hermano no lo notara entonces, allí quedó, para siempre, el niño que llegó huérfano y sin consuelo. El que se incorporó, era una promesa de hombre, curtido por la muerte cercana, endurecido por el dolor de toda la humanidad, resumido en la cruz que vencía su espalda. 
Su niñez quedó allí, flotando entre flores amarillas y llantos ajenos, acompañando al ser inolvidable, mezclada en la tierra revuelta de esa tumba que, poco a poco, irían olvidando todos. Caminó despacio hacia la salida. Mientras se alejaba, volvió una vez la cabeza para asegurarse que su hermano lo seguía. Y ya nunca volvió al cementerio.
 
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